Lo que hemos aprendido de la pandemia

Noviembre----2021

En el año 2020, el mundo fue testigo de un acontecimiento que enseñó a cuestionar los límites de toda realidad.

De la noche a la mañana, la vida de millones de personas dio un vuelco que transformó el modo en el que se planteaban las relaciones sociales, tanto particulares como profesionales.

Tal cambio lo propició una doble exigencia: una transversal, es decir, una que incumbía a todos los seres humanos por igual; y una estructural, que se estableció para tratar de sostener el sistema que, hoy por hoy, avala nuestra supervivencia.

En los confines de nuestras casas fuimos generando una nueva conciencia, repleta de nuevos matices. Las redes sociales se consolidaron definitivamente como nuevos medios de comunicación. Las webs de comercio electrónico hallaron la mejor oportunidad para penetrar en la mente de nuevos consumidores, para obtener su confianza. A nivel emocional, experimentamos nuevas formas de empatía, de solidaridad: aplaudimos la labor de aquellos que debían seguir trabajando, a pesar de las circunstancias; animamos las tardes del vecindario desde nuestras ventanas. Por supuesto, también tuvimos que hacer frente a nuevos conflictos, a nuevos retos que nacieron de nuevas y viejas necesidades.

Sin salir de casa, nos involucramos en la caza de una tormenta de la que aún hoy tratamos de aprender a leer todas las señales. Y transformamos a nuestra casa, a nuestro hogar, en el centro de operaciones.

Ahora, más que nunca, somos conscientes de las rutinas emergentes. La nueva normalidad ha traído consigo viejas costumbres, es algo natural, pero no ha logrado borrar la sensación de que un cambio profundo se está gestando en el seno de las sociedades. Poca gente sabe en qué consistirá dicha disrupción; sin embargo, existe un objetivo común: estar preparados para afrontar los desafíos del nuevo mundo.

Oficinas en salones, salones en oficinas

La fórmula del teletrabajo, por ejemplo, ha abierto un debate acerca del punto en el que confluyen los intereses de muchos trabajadores y empresas. Si bien ésta ya existía, sobre todo en el ámbito freelance, todavía no se había creado la imagen del empleado por cuenta ajena que trabajara cómodamente desde un despacho o desde el salón de su vivienda.

El fin de las restricciones empujó al asunto a la primera plana, y en seguida se pusieron sobre la mesa qué ventajas y desventajas traía: por un lado, la mejora en la calidad de vida de las personas trabajadoras o el ahorro de ciertos costes para las organizaciones; por otro lado, procesos relacionados con el flujo de sinergias, con el trabajo en equipo, con la relación entre departamentos o con la comunicación en general se veían mermados ante el aislamiento de los individuos.

Las circunstancias son concretas, dependiendo del sector al que atendamos; pero son, al mismo tiempo, lo suficientemente transversales y estructurales como para que resulte imprescindible pararse a reflexionar si en los próximos años se producirá alguna clase de revolución en los paradigmas de las relaciones laborales. Y hay que estar preparados para cuando eso ocurra.

Si algo hemos aprendido por la parte que nos toca, es que a los seres humanos nos gusta sentirnos cerca del hogar, muchas veces incluso en nuestros momentos de mayor productividad. Como empresa queremos que cuando no sea posible acercar el trabajo a casa, al menos podamos acercar la casa al trabajo. ¿Cómo? Bueno… siéntate y disfruta.

Conclusiones de un año para toda la vida

En líneas generales, hemos aprendido a no dar las cosas por sentado.
A que no podemos dejar de ampliar horizontes, ya que el horizonte mismo es inalcanzable.
A concebir, por tanto, otros puntos de vista, a forjar otras perspectivas, a dotar de otros significados.
A mirar a la naturaleza directamente a los ojos, con el desafío y el respeto que se profesa a quien puede dar tanto y, al mismo tiempo, quitarlo todo.
A replantearnos los estándares de convivencia, comprobado cómo un día podemos estar tan unidos y al siguiente por completo distanciados.
A que la realidad es un abismo inescrutable sobre el que sólo podemos arrojar, desde nuestras firmes manos, algo de luz.

 

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